Vizcaya Weekly

Siguen estirando el chicle 

Lo que comenzó como una señal de distensión, con comentarios desde Washington apuntando a conversaciones “productivas” con Irán, rápidamente se transformó en un escenario mucho más complejo, donde los plazos se alargan, las amenazas reaparecen y el conflicto no solo persiste, sino que se expande.

Alan Levi
31.3.2026

Esa dinámica terminó por marcar el tono de los mercados la semana pasada, donde más que reaccionar a titulares, los inversionistas comenzaron a asumir que el conflicto no será corto ni fácil de resolver, y que su impacto económico ya está instalado.

El resultado fue claro: Wall Street encadenó su quinta semana consecutiva de caídas, algo que no ocurría desde 2022, con el S&P 500 y el Nasdaq profundizando las bajas y este último entrando en terreno de corrección. Las tasas siguieron subiendo con fuerza, con el bono del Tesoro a 10 años acercándose nuevamente al 4,5%, reflejando un cambio importante en las expectativas de política monetaria. Lo que hace solo semanas era un consenso de recortes de tasas, hoy se ha transformado en un escenario donde el mercado comienza a internalizar incluso posibles alzas, en respuesta a un shock inflacionario que tiene un claro origen: la energía.

Y es que el petróleo permanece al centro de la escena. Con el Estrecho de Ormuz prácticamente cerrado y disrupciones relevantes en el transporte marítimo, el Brent se ha mantenido sobre los 100 dólares por barril, acumulando un alza significativa desde el inicio del conflicto. El mercado empieza así a convivir con un escenario incómodo, donde un crecimiento más débil y una inflación más alta dejan poco espacio de maniobra para la Fed.

En paralelo, el frente geopolítico sigue aportando más preguntas que respuestas. La extensión del conflicto, con la incorporación de nuevos actores y el aumento de la presencia militar en la región, refuerza la idea de que cualquier resolución será gradual. Los anuncios de negociaciones han tenido cada vez menos impacto en los mercados, reflejando cierto desgaste: hoy ya no bastan las palabras, el mercado necesita hechos concretos para volver a tomar riesgo. Y mientras eso no ocurra, cada día adicional de conflicto se traduce en un mayor costo económico.

Más allá del ruido de corto plazo, el trasfondo en Estados Unidos deja a la Fed en una posición incómoda: si prioriza controlar la inflación, deberá mantener condiciones financieras restrictivas; si decide apoyar la actividad, corre el riesgo de validar presiones inflacionarias más persistentes.

De cara a esta semana, el foco estará dividido entre el frente macro y las señales de política monetaria. En Estados Unidos, los datos de empleo del viernes serán especialmente relevantes para entender si la debilidad observada en el mercado laboral comienza a consolidarse. En paralelo, cualquier señal desde la Fed será clave para definir el tono de corto plazo. En Europa, la inflación también estará bajo la lupa, en un contexto donde las expectativas de tasas vuelven a ajustarse al alza.

En definitiva, el mercado parece haber entrado en una fase de mayor cautela, donde el apetito por riesgo queda condicionado a la evolución de variables que están fuera del control económico tradicional. La sensación es que, por ahora, estamos en una pausa incómoda: los inversionistas no están capitulando, pero tampoco están dispuestos a adelantarse. Como suele ocurrir en estos escenarios, el desenlace no dependerá de una sola variable, sino de la interacción entre geopolítica, inflación y crecimiento. Y en ese equilibrio frágil, cada nueva señal puede volver a cambiar el ánimo del mercado más rápido de lo que parece.

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